Seamos honestos, en las ciudades ¿no es especialmente en el transporte público en donde todavía se ven claras muestras de “ciudadanía”? ¿Acaso no nos ha tocado ver a alguien que cede su asiento para la mujer con un niño en brazos o para el anciano? No falta tampoco la persona que da los buenos días al subir, ni la que se ofrece para detener o cargar los bultos de alguien a quien le tocó ir de pie. El usuario del transporte público es, en general, amable.
Muchos automovilistas, en cambio, ven a todo objeto, auto, camión, combi, ciclista o persona, como un obstáculo. Cualquier acto imprevisto u omisión que se presenta frente a ellos los hace rabiar. Que si no puso la direccional, que si no prendió las intermitentes, que si se atravesó, que si se le cerró, que si va demasiado despacio… La rara vez que no tocan el claxon, emiten improperios, hacen señas con las manos, echan las luces o segregan bilis. Claro, es digno y justo reconocer que entre tanta barbarie, aún hay automovilistas que ceden el paso al peatón o a otros vehículos.
Dentro del transporte público, también la relación entre padres e hijos es mucho más cordial, e incluso más humana. He visto niños que cuentan cómo les fue en la escuela, mamás con un niño sentado en cada rodilla, padres que se mueren de la risa por las ocurrencias de sus retoños, sonrisas y miradas cruzadas incluso entre extraños cuando sucede algo gracioso.
En los automóviles no sucede lo mismo, quizás debido a que sus pasajeros adultos van concentrados en manejar y/o lamentándose del congestionamiento. Ahí, los niños se vuelven tripulantes pasivos. Se sientan suspirando resignados. Miran hacia afuera como si buscaran algo que los haga sentir, salir de esa monotonía que los encapsula y los anula. Una brisa, una imagen, un sonido. Los chicos ya rendidos a estos traslados diarios han encontrado que un muñeco o un videojuego puede ser una manera de evitar ser parte de ese tiempo muerto. La monotonía de ese tipo de traslado, también toma un poco de color si existe un afortunado que interactúa -conviviendo o peleando-con otros pasajeros.
La bicicleta es una opción real, segura y saludable para viajes cortos. Sin embargo, si existe el temor a algún accidente, también se puede caminar. El transporte público nos da la posibilidad de emplear el tiempo de traslado a nuestro favor -además de interactuar con otras personas, se puede leer, chatear, estudiar, hablar tranquilamente por teléfono, etcétera-. Y conducir un auto puede ser la mejor alternativa si se requiere mover algún peso extra, si se padece alguna discapacidad, en fines de semana, por las noches o para compartirlo.
En la actualidad, muchos damos por sentado que viajar en auto es lo mejor. Si lo tenemos, nos aferramos a él para cualquier traslado -así nos genere estrés, gastos innecesarios o frustraciones-, y si no lo tenemos, soñamos con poder tenerlo algún día. No reflexionamos sobre la posibilidad de elegir el medio de transporte, dependiendo de la situación particular: qué hora es, a dónde vamos, para qué, con quién. No consideramos que haya otras opciones para movernos y otras formas de vivir el viaje. Es decir, no pensamos en cuáles son las ventajas y desventajas de cada elección.
Temas: actitud , calles , ciudades , civilidad , comportamiento , cultura vial , educación vial , medio de transporte , México , morelia , movilidad , transporte , urbana , vial , vilidades
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