Jimena D. Mayerstein

La licencia, como la despensa

Por , @NorthboundNomad , 14 de February de 2013

Cereal, leche, huevo, pan, tortillas y me cobra también la licencia de conducir, por favor. Así de fácil es conseguir una licencia de conducir en el Distrito Federal. Basta con tener 18 años, credencial del IFE, llevar un comprobante de domicilio y $626 pesos a cualquiera de las tesorerías o módulos de licencias que hay en algunos supermercados. Una vez pagado el monto mencionado, en el módulo de tesorería se llena una forma, se toma la fotografía y voilá, sale uno con una licencia de conducir válida por 3 años, sin exámenes, sin preguntas, sin mayor problema… O no.

El asunto va más allá de la broma o de la “agilidad para hacer trámites” de la que se jacta el gobierno capitalino. La licencia de conducir es un documento que “autoriza” a una persona para manejar un vehículo motorizado, los cuales normalmente son pesados y pueden alcanzar grandes velocidades. Es por esto que la obtención de ésta no debería estar sujeta únicamente a la agilidad de un trámite: tan solo en el Distrito Federal, dos de las principales causas de muerte por factores externos (no naturales) están relacionadas con los “accidentes de vehículos de motor” -de los ocupantes- y “peatón lesionado por vehículo de motor”, siendo éstas la tasas más altas solo un poco por debajo de los homicidios, según la Cenapra.

Estos alarmantes datos no deberían sorprendernos, dadas las condiciones. Cuando yo obtuve mi licencia de conducir, tenía 2 meses de haber cumplido 18 años, no tenía ni la más remota idea de cómo conducir un automóvil -a mis 24 sigo sin tenerla-, además, le tenía terror a ir al oculista y a usar anteojos a pesar de mi inminente debilidad visual. Todos esos elementos me convertían en un peligro para mi y para todos los demás conductores y usuarios de la calle, y pese a eso, obtuve mi licencia de conducir permanente que hasta la fecha tengo -y jamás he usado-.

Como mi caso, ha de haber cientos, miles tal vez, pero la diferencia está en que la mayoría de esos otros miles, sí se aventuran a conducir tras haber aprendido a hacerlo con los padres, tíos, abuelos o peor aún, con amigos de la misma edad, igual de irresponsables que no tienen el más mínimo conocimiento del Reglamento de Tránsito Metropolitano de esta ciudad, ni mucho menos de las señales de tránsito o de las reglas básicas de convivencia, porque a estas alturas, se dice que se tiene que manejar “a la brava” para poder enfrentarse al ritmo de esta ciudad.

¿Qué significan las cebras peatonales para un conductor? ¿Qué significa la raya sencilla, la raya discontinua o la raya doble de los carriles? ¿Cuáles son las restricciones de la vuelta a la derecha continua? ¿Cuál es la velocidad máxima en algún tramo determinado de Circuito Interior? ¿A qué distancia y velocidad debe rebasar un automóvil a un ciclista? Interrogantes que para el conductor analítico y experimentado pueden ser obvias, pueden no serlas para el adolescente que va aprendiendo a manejar con otro joven que también las ignora, o para un adulto que ha decidido que no le importan las reglas o que las conoce pero que sabe que “no pasa nada” si las ignora.

Este desconocimiento e indiferencia crean las condiciones perfectas para que esas alarmantes cifras de defunciones no sean de sorprenderse. Es urgente que la expedición de licencias esté regulada por estrictos exámenes prácticos, teóricos y físicos para el solicitante, que la obtención de la licencias no sea un trámite más que se puede comprar en el supermercado. De lo contrario, estas licencias seguirán siendo -bajo el agua- permisos para matar.

Una camioneta de la Sedesol parada sobre la ciclovía de avenida Reforma, DF

Temas: , , , , , , , , ,